La alcachofa es una hortaliza de uso común en la cocina occidental, normalmente asadas o hervidas. Esta hortaliza es un alimento muy sano, pues juega un gran papel a nivel dietético –recordemos que hay infinidad de dietas basadas en el uso de la alcachofa-, pues es depurativa, diurética, ligera, y saciante.
Si por si eso fuera poco, la alcachofa a través de la cinarina, el compuesto que le da ese sabor ligeramente amargo, favorece la regeneración del hígado, por lo que su consumo es muy recomendable en personas con trastornos hepáticos (hepatitis, hígado graso, transaminasas elevadas, inflamación de hígado, etc.). Además, tanto por su concentración de cinarina, como por su alto contenido en fibra, la alcachofa reduce la absorción del colesterol a nivel intestinal, y reduce la cantidad fabricada por el hígado.
La alcachofa además, frena las subidas de azúcar, pues es una fuente de inulina, un tipo de fibra que se encarga de regular los niveles altos de azúcar en sangre. La alcachofa, por su alto contenido en cromo, potencia la actividad de la insulina, que es la hormona encargada de distribuir la glucosa por nuestro organismo.
Las alcachofas por otra parte, aceleran la digestión de los alimentos, por lo que es el acompañamiento ideal de otros alimentos más grasos, como el cordero, el cerdo, o incluso la
ternera. También es ideal para acompañar guisos, paellas mixtas, o incluso asados de carne.
Por todos estos motivos, no debemos renunciar a cocinar este alimento tan sano, encontrándolo ya sea como ingrediente principal o como acompañamiento, en innumerables recetas de cocina tradicional, y así como en recetas de alta cocina.